De repente, una brisa fresca del otro lado del océano pero con sonido de verdiales y saetas, llega para poder hacer frente al trono. José Antonio Domínguez Bandera, con la inestimable mediación de su hermano Chico, decide plasmar su apoyo, otra vez más, para que el trono pudiera salir como inicialmente habíamos pensado. Eran como las habaneras, cantes de ida y vuelta, donde el teléfono alimentaba las ilusiones y los recuerdos de su tierra a una persona que por su profesión, había tenido que alejarse de Málaga, pero que tenía entre las fieles promesas del Rosario de la Aurora a su propia madre y se siente malagueño y cofrade por los cuatro costados.
¡Grande, que sea grande! Ese era el clamor generalizado en lo que podíamos opinar los que no diseñábamos. Y el trono se concibió con las medidas máximas que la puerta de San Juan permitía, aunque ello significara poner a prueba la pericia de mayordomos y capataces y que las paredes y los balcones rocen como una caricia el altar callejero de la Virgen. ¡Y con cuatro arbotantes, como se llevan en Málaga a los tronos de Virgen! El proyecto del trono incluía los arbotantes delanteros, en la misma línea que los traseros rematados por faroles. El cajillo, está rematado por cuatro capillas ochavadas en las esquinas donde se alojan cuatro arcángeles de talla, encargados al imaginero Miguel Ángel Domínguez Velázquez. El diseño incluye altorrelieves de madera policromada estofada en oro fino con cartelas representando a los titulares de la hermandad y otra cartela en el frontal con la Virgen, el Niño Jesús y San Juan Bautista, también niño.
El gran desafío comienza a realizarse en los talleres de los Hermanos Marín, empiezan a ejecutarse pieza tras pieza con el temor de que no se parezcan a los fantasiosos diseños. El miedo se va disipando poco a poco, los dibujos van tomando volumen y lo que eran trozos de metal van transformándose en fragmentos de arte cofrade, en lo que se va a convertir en un legado para la Señora y para el pueblo de Málaga.
Es entonces, cuando en una reunión con la cofradía se considera la posibilidad de que la Virgen, como la novia que va a la boda, pase por el maquillaje, y viaje al taller del imaginero que la concibió. Antonio Dubé debería restaurar los desperfectos y darle policromía antes de su definitiva puesta en escena El momento decisivo parecía cada vez más cerca. El grupo de hermanos decide proponer una salida extraordinaria para el estreno del trono y la propuesta no es mal vista desde el seno de la cofradía.
Y de repente llegaron las tinieblas. Los problemas de los hombres hacían ensombrecer el proyecto, y el desencanto empezó a aflorar. Las heridas tardaban en cicatrizar y los pasos se hacían cada vez más lentos. Reinaba el silencio, sólo el pausado y despacioso son de los lejanos golpes sobre el metal resonaban como el latido de un corazón moribundo.






